La flor marchita.

El enterrador llevaba mas de 50 años trabajando en aquel cementerio. De cuerpo delgado y el rostro surcado por arrugas tan profundas como los años de experiencia que tenía abriendo fosas y tirando tierra sobre los fríos féretros del adiós, siempre con su sombrero de paja seca y aquella camisa de cuadros desgastados que desdibujabanSigue leyendo “La flor marchita.”

El abrazo final.

Sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar.Sus suspiros se mezclaban con las lágrimas que resbalaban por su mejilla mientras acariciaba la fría lápida con sus uñas arañando despacio el duro y pesado mármol. Llovía a cántaros,sin parar, dejando que su maquillaje hiciera dibujos en su bonito y triste rostro. Nadie estaba en el cementerio en ese momento, algoSigue leyendo “El abrazo final.”